Tres diseñadores buscan orgasmos visuales sin límites con Agagag

Tres diseñadores radicados en Murcia han unido sus capacidades creativas para poner en marcha Agagag, una plataforma de gráfica experimental abierta a colaboraciones externas y que pretende en el futuro darse a conocer  mediante exposiciones públicas.

Adrián Marzal, Tóbal Sánchez y Roberto Navarro crearon en el verano de 2019 un perfil en Instagram al que con cierta frecuencia suben sus propuestas. Definen Agagag como “un laboratorio de gráfica oral y felación experimental” que proporciona “orgasmos visuales sin límites”.

Marzal es cofundador de Maba, estudio especializado en marcas en el que también trabaja Tóbal Sánchez como director de arte; ambos, además, son parte esencial del festival Mu-tantes, proyecto ideado por Sánchez en 2012 como trabajo de fin de estudios en la Esd de Murcia y que ya ha celebrado dos ediciones. Roberto Navarro es director de arte en la agencia Germinal & Brandon Love y asimismo colaborador en Mu-tantes.

Los tres pretenden generar con Agagag “un conjunto de estímulos que ejercitan nuestra pasión por el diseño gráfico, el 3D y el audiovisual. Un laboratorio abierto a colaboraciones externas y con intención de crecer por medio de futuras muestras colectivas en formatos y lugares no convencionales”, explican.

El colectivo cuenta asimismo con el apoyo de Daniel Méndez, redactor creativo en  Germinal & Brandon Love, quien ha escrito el manifiesto del grupo, texto que otorga sentido a la declaración fundacional de “laboratorio de gráfica oral y felación experimental” .

Manifiesto

Subir y bajar. Bajar y subir. Una y otra vez. Sin cesar.

Sentir, con las palmas y las huellas dactilares, cómo lo que persigues comienza a cambiar de estado y se hace más firme, más duro.

Debemos tomarnos nuestro tiempo. Desentrañar cada mirada, interpretar cada gesto facial, traducir el lenguaje corporal a un brief emocional, para hacerlo realidad.

Esto es cosa de dos, porque todo acto de comunión lo es. Las respiraciones deben acompasarse. Los minutos deben surcar el tiempo disfrazados de horas.

Y cuando notamos que su gesto se llena de súplica llega el momento de usar la boca. De abrir esa puerta que nos una para toda la eternidad, durante unos minutos.

No dejamos de bajar y subir, pero adaptamos ese ritmo a los movimientos de nuestra boca. Usamos los labios. Usamos la lengua. Usamos los dientes. Usamos nuestras papilas gustativas.

Cada vez lo notaremos más grande, más duro, más palpitante. Lo sucio se torna en salvaje y lo salvaje se transforma en danza. Una danza que baila al son de nuestros gemidos.

Exploramos todos los rincones, sin olvidar ni un solo centímetro, ni un solo detalle. El placer, el éxito, se esconde en los lugares más insospechados.

Nos atrevemos a estar a punto de perderlo todo, para ganarlo todo. Que ambos sintamos que la barbaridad que estamos haciendo, que esa obra de arte en movimiento es culpa, es gracias a los dos.

Convertimos sus gemidos en gritos. Lo hacemos temblar. No lo soltamos hasta que todo salga.

Alargamos la cima. Miramos las vistas juntos y disfrutamos de esa luz.

Miramos un poco hacia abajo para percibir lo alto que estamos. Y luego miramos hacia arriba para ver todo lo que aún nos queda por alcanzar.

Todo termina y solo queda un éxito líquido. Denso y caliente. Que mancha las sábanas de la ambición.

Y olvidamos todos lo que acabamos de leer, porque sabemos que cada culmen es diferente.

Porque no hay un camino único hacia la cima.

Sólo bajar y subir, subir y bajar…

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